La práctica de emplear sucesos terrenales para aclarar verdades celestiales no es tarea fácil.

Entonces Él refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento. Lucas 15:3-7

Por: Max Lucado

La práctica de emplear sucesos terrenales para aclarar verdades celestiales no es tarea fácil. No obstante, de vez en cuando uno se encuentra con una historia, una leyenda o una fábula que transmite un mensaje con la precisión de cien sermones y una creatividad multiplicada por diez. Tal es el caso de la lectura que sigue. La escuché por primera vez de labios de un predicador brasileño en Sao Paulo. Y aunque la he contado un sinnúmero de veces, cada vez que lo hago me conmueve y me conforta su mensaje.

La pequeña casa era simple, pero suficiente. Constaba de una habitación grande en una calle polvorienta. Su techo de tejas rojas era uno más entre muchos otros en este barrio pobre de las afueras del pueblo brasileño. Era una casa cómoda. María y su hija, Cristina, habían hecho todo lo posible por dar color a los muros grises y calidez al duro suelo de barro: un viejo calendario, una fotografía desteñida de un familiar, un crucifijo de madera. Los muebles eran humildes: un camastro a cada lado de la habitación, una palangana y una estufa de leña.

El esposo de María murió cuando Cristina era una bebé. La joven madre, rehusando con firmeza las oportunidades para volver a casarse, consiguió un empleo y se dispuso a criar a su pequeña hija.

Y ahora quince años después, ya los peores años habían pasado. Aunque el salario de María como criada permitía pocos lujos, era fiable y suplía poca comida. Pero ya Cristina tenía edad suficiente para conseguir un empleo y ayudar.

Algunos decían que Cristina heredo la independencia de su madre.

Rehuía la idea tradicional de casarse joven y formar una familia. No era que le faltara de dónde escoger un esposo. Su piel dorada y sus ojos cafés mantenían un constante desfile de candidatos en su puerta. Tenía una manera contagiosa de echar la cabeza para atrás y llenar de risas la habitación. También tenía la escasa magia que tienen algunas mujeres de hacer sentir la escasa magia que tienen algunas mujeres de hacer sentir a cualquier hombre como un rey solo por estar junto a ellas. Pero era su animada curiosidad lo que le hizo mantener alejados a todos los hombres.

Con frecuencia hablaba de ir a la ciudad. Soñaba con cambiar su polvoriento barrio por las fascinantes calles  y la vida urbana. Solo pensar en esto horrorizaba a su madre. María no perdía la oportunidad de recordarle a Cristina la hostilidad de las calles. “La gente de allá no te conoce. Los trabajos escasean y la vida es cruel. Y además, si estuvieras allí, ¿qué harías para ganarte la vida?”.

De camino a la parada del autobús entró en una farmacia para un último detalle. Fotos.

María sabía exactamente lo que Cristina haría, o lo que tendría que hacer para ganarse la vida. Por eso su corazón quedó hecho trizas cuando se despertó una mañana y encontró vacía la cama de su hija. María supo de inmediato lo que tenía que hacer para encontrarla. Rápidamente echó ropa en una bolsa, reunió todo su dinero y salió de la casa corriendo.

De camino a la parada del autobús entró en una farmacia para un último detalle. Fotos. Se sentó en la cabina de fotografías, cerró la cortina y gastó todo lo que pudo en fotos suyas. Con su bolso lleno de pequeñas fotos en blanco y negro, se dirigió al siguiente ómnibus hacia Río de Janeiro.

María sabía que Cristina no tenía forma de ganar dinero. También sabía que su hija era demasiado obstinada para darse por vencida. Cuando el orgullo se encuentra con el hambre, la voluntad humana hace lo que antes le parecía impensable. Consciente de esto, María empezó su búsqueda. Bares, hoteles, clubes nocturnos o prostitutas. Fue a todos. Y en cada lugar dejó su foto, pegada en el espejo de un baño, clavada a una pizarra de anuncios de un hotel, amarrada a la esquina de una cabina telefónica. Y en el reverso de cada foto escribió una nota.

No pasó mucho tiempo para que el dinero y las fotos se agotaran, y María tuvo que regresar a la casa. La agotada madre lloraba mientras tomaba el bus para el largo viaje de regreso a su pequeño pueblo.

Pocas semanas más tarde Cristina descendía las escaleras del hotel. Su joven rostro estaba cansado. Sus ojos cafés ya no danzaban de vigor, sino que revelaban dolor y miedo. Su risa se había quebrado. Su sueño se había vuelto pesadilla. Miles de veces había anhelado cambiar ese sinnúmero de camas por su camastro seguro. Aun así, el pequeño pueblo estaba, de muchas maneras, demasiado lejos.

Al llegar al final de las escaleras, sus ojos percibieron un rostro conocido. Miró de nuevo y allí, en el espejo del recibidor, había una pequeña foto de su madre. Los ojos de Cristina ardían y su garganta se puso tensa al atravesar la sala y tomar la foto. Escrita en el reverso estaba esta conveniente invitación: “Sea lo que sea que hayas hecho, en lo que te hayas convertido, no importa. Por favor, vuelve a casa”.

Y ella lo hizo.

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