El odio tienta, es un seductor por excelencia. Siempre tendrá grandes argumentos para que le creas y se apodere de ti.

El odio me dio la opción de abrirle la puerta, de entrar en mi casa, sentarse en mi mesa y meterse en mi cama, ¡pero le dije que NO!

Por: Debbie de Mendoza

Quiso platicar conmigo y que escuchara las razones para recibirlo, pero no me interesó. “Busca en otro lado” -le dije-, “acá no hay lugar para ti”. Mi casa es del amor, en mi mesa se come el pan de bondad y mi cama es de la gracia. En mí sala se habla de perdón, allí mis hijos aprenden la semilla de la gracia que dará fruto en ellos y en sus hijos.




El odio tienta, es un seductor por excelencia. Siempre tendrá grandes argumentos para que le creas y se apodere de ti. Nadie dijo que sería fácil rechazarlo. Una de sus mejores razones es que aquel que te dañó no merece tu perdón, y tal vez tampoco merezca tu amor. Pero Dios, quien nos manda a perdonar, sí merece ser obedecido, y el mejor antídoto para el odio es perdonar. El apóstol Pedro dijo: “¿Quién puede hacerles mal, si ustedes siempre insisten en hacer el bien? ¡Nadie! 1ra Pedro 3:13.

¡Cuídate! El odio daña tu esencia y puede convertirte en la persona que jamás quisiste ser. Hay quienes no le temen, lo reciben y lo consienten; lo defienden y lo atesoran, pero he visto como les enferma el alma. Es mejor escoger la felicidad. Me dicen que es difícil perdonar, ¡y lo es! Pero es aún más difícil odiar. Cuando logras ganarle y vivir el perdón, se va esa carga pesada, te liberas y vives en paz.

Nunca le abras la puerta al odio, pues de seguro tocará la tuya también, y no estará satisfecho de quedarse solo en la entrada. Si le abres y lo escuchas, será muy fácil que se acomode y se sienta como en casa, y cuando menos lo pienses, estará presente en toda tu vida.

Mejor ama, porque el amor siempre triunfa sobre el odio. Sin Jesús jamás lo lograrás. Solo sus fuerzas, su ejemplo y su amor te pueden ayudar. ¡Él sí es digno de entrar en tu casa y quedarse a vivir contigo!

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