“Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones”.  Isaías 42:6

Era el año 2002.  Había sido invitado a una congregación de habla inglesa de nombre Lakewood Church para participar en sus tres reuniones de fin de semana, donde celebrarían el anuncio oficial de que la ciudad de Houston, Texas, había votado a favor de venderles un enorme auditorio deportivo con más de dieciséis mil butacas. El ambiente de esas dos noches en la congregación era sumamente festivo y triunfal.  Mi participación en esa ocasión consistía en cantar una canción y dar un breve testimonio acerca del impacto que el pastor John Osteen (papá del actual pastor, Joel Osteen) había tenido en mi vida de joven.  Nunca imaginé que aceptar esa invitación cambiaría mi vida y la de mi familia por muchísimos años.

Por: Marcos Witt

A los pocos meses de ese primer fin de semana, el pastor Joel Osteen me llamó para invitarnos a mi esposa Miriam y a mí a cenar con él y su esposa Victoria.  Esa fue la noche que nos lanzó la invitación de fundar la congregación hispana de Lakewood.  Yo no había pastoreado desde hacía muchos años y aun entonces había sido solo como apoyo a mi papá sirviendo de pastor asociado en una de las iglesias que fundó.  Nunca había tenido la tarea de ser el pastor principal de una congregación.  Desde 1987, mi esposa Miriam y yo habíamos iniciado un ministerio itinerante, cantando y predicando en toda América Latina.  Nunca olvido una vez haber escuchado a mi amigo Alberto Mottesi decir que un predicador itinerante es un hombre dueño de siete trajes y siete mensajes.  Aunque lo dijo en son de broma, está muy cerca de la realidad en algunos casos.  Yo era feliz viajando por todos lados con el mismo mensaje que cambiaba de vez en cuando, según el Señor me daba algo nuevo para predicar.

Ahora, a través del pastor Joel Osteen, me enfrentaba a una invitación muy interesante, que nunca hubiera esperado en toda mi vida.  La invitación consistía en fundar y pastorear una congregación con al menos una reunión semanal en español, paralela a la congregación en inglés y compartiendo el liderazgo.  Seríamos parte de los ministerios que la iglesia ofrecía, utilizando los mismos materiales didácticos, ministeriales y administrativos que la iglesia en inglés utilizaba, pero traducidos al español.  Seríamos un departamento ministerial dentro de la congregación general.  La única cosa que me pidió específicamente el pastor Joel era que siempre tuviera una palabra fresca para la congregación cada fin de semana, y me encargara de trazar y comunicar una visión general ocupándome de la capacitación y el desarrollo de un equipo pastoral hispano.  De todo lo demás, me dijo él, se encargarían ellos.  Por si fuera poco, agregó que deseaban que mi predicación semanal fuera grabada para televisión y transmitida por todo el mundo hispano, con fondos provenientes de la tesorería general de la congregación.  Me parecía un sueño. ¿A quién no?

“Tienes que tener espíritu de lucha, forzar los movimientos y sobre todo, aprovechar las oportunidades”

El legendario ajedrecista americano Bobby Fisher dijo que para ganar en el ajedrez, como también en la vida: “Tienes que tener espíritu de lucha, forzar los movimientos y sobre todo, aprovechar las oportunidades”.  Sin embargo, no queríamos apresurarnos.  Por algunos meses mantuvimos extensas conversaciones, sesiones de planeación, añadiendo mucha oración y búsqueda del Señor para que finalmente Miriam y yo aceptáramos la invitación de Lakewood Church con mucha alegría en el corazón.

Ese sueño se convirtió en una realidad que tocaría literalmente a millones de vidas.  Fundaríamos la congregación el 15 de septiembre de 2002, y nuestras vidas nunca serían igual.  Pronto me daría cuenta del inmenso gozo que siente un pastor al convivir con las personas de su congregación. Disfrutaría una nueva dimensión del rol de liderazgo.  Descubriría una satisfacción inigualable al ver a familias restauradas, matrimonios reparados, individuos liberados.  Sentiría aquel gozo que solo un pastor puede reconocer.  Cada fin de semana, durante los diez años que estuvimos de pastores principales en aquella congregación, veríamos a miles de personas pasar al frente para entregar sus vidas a Jesucristo.  Cuán grande es el gozo que siente un pastor al ver esos rostros llenos de lágrimas, vidas quebrantadas encontrando esperanza y fe en Jesucristo, el Señor.  Qué privilegio tan grande es llevar a los pies de Jesús al cansado y atribulado para que reciba el descanso del Señor.  Nunca me aburrí de ese momento del llamado, semana tras semana al finalizar la predicación.  Nunca me cansé de ver ese desfile hermoso de almas rendidas a los pies de mi Señor, y sé que cuando lleguemos a la gloria, me encontraré con grandes multitudes de hombres y mujeres que me abrazarán con alegría y agradecimiento por haberles invitado a tomar la decisión más importante de todas sus vidas: entregar sus vidas a Jesucristo.

Liderar es un privilegio, y ser pastor es un deleite.  Es un gozo.  Nunca me aburrí de ser pastor. Por más que la tarea no fuera fácil, nunca me fastidió.  Aunque tuve hermanos con quienes trabajar muchas cosas por cambiar, nunca sentí frustración con mi congregación.  Solo privilegio y gozo. Me sentí honrado de ser el encargado de alimentar, proteger y cuidar las vidas delicadas y hermosas ante los ojos del Señor, y los míos.  Sentí una preciosa y privilegiada responsabilidad de explicarles cómo Dios podría funcionar en sus vidas cotidianas, y de explicarles la Biblia de manera amena y sencilla para que la pudieran entender y aplicar a su realidad.

Desde muchos años antes de mi experiencia en la Iglesia Lakewood, una de mis mayores satisfacciones ha sido presenciar ese momento especial en el que se “prende una luz” en el corazón de alguien cuando el Espíritu Santo le abre el entendimiento a una verdad eterna, y la persona la capta, la entiende y la abraza.  Qué momento más glorioso es ese cuando el Espíritu Santo, el gran Maestro, prende la luz de la Palabra e ilumina el corazón de los hombres.  ¡Qué privilegio es liderar!

Libro: Los 8 hábitos de los mejores líderes
Autor: Marcos Witt

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