Inspirar, guiar, dirigir y formar son algunas de las tantas tareas de un líder, quien es un modelo para 10, 50, 100 o miles de personas, pero para un grupo quizá mucho más pequeño ese líder es el más importante y su mayor inspiración, y que en muchos casos es el grupo que tiene que esperar, ante tantas ocupaciones de su líder en la empresa, iglesia, comunidad…. este grupo es la familia y en especial los hijos.

En el diario vivir de un líder son inevitables las tantas ocupaciones, muchas decisiones que tomar, mucha gente a quien oír, muchos pendientes por resolver…; que se hace escaso el tiempo en el hogar y muchas veces se prefiere dejar el cuidado y enseñanza de nuestros hijos en manos de otras personas, y no es que esté mal, es necesario; en el colegio le enseñan, así como en la iglesia, pero la responsabilidad de formar, es del padre y madre, sin excepción alguna.

El hombre es maduro cuando alcanza un buen equilibrio personal entre sus facultades intelectuales, su cuerpo y sus relaciones sociales.

La educación informa y forma. La información nos proporciona los conocimientos necesarios para manejarnos en la sociedad y conseguir una capacitación profesional que permita el desarrollo personal. Pero no solo se refiere a eso, sino también a la adquisición de habilidades y procedimientos de actuación, que permiten perfeccionar ciertas facultades humanas. Por eso hablamos de educación sentimental, sexual, vial, cívica y de dominio de la voluntad, expone el inspector de educación, Arturo Ramo.

Agrega también que la información sola no basta, hace falta que vaya acompañada de una orientación. Esto es lo que llamamos formación. La educación conduce a la formación de un hombre más maduro, más completo y más coherente. El hombre es maduro cuando alcanza un buen equilibrio personal entre sus facultades intelectuales, su cuerpo y sus relaciones sociales. Es completo cuando sabe integrar diversas vertientes adecuadamente y es coherente cuando establece una armonía entre las ideas y la conducta, entre la teoría y la práctica. El hombre formado es más humano, más espiritual y más dueño de sí mismo.

Es entonces ahí donde como padres debemos enfocarnos en esa formación, y dependerá más de nuestro ejemplo que de nuestras palabras, es decir lo que les modelemos con nuestros actos y nuestro diario vivir. Nuestros hijos necesitan un modelo de identidad, una persona ejemplar a quien admirar y de quien aprender. Las palabras mueven, pero el ejemplo convence.

No es extraño escuchar muchos casos de hijos que tienen a sus padres físicamente, pero tan lejanos en el tiempo que dedican a formarlos, en darles tiempo de calidad, conversar con ellos, conocer sus problemas, apoyarlos en todas sus actividades, etc.  Empresarios con empresas exitosas pero con hijos inseguros y sin objetivos; pastores con grandes iglesias, pero sus hijos en caminos de desobediencia.  Tan real como el diálogo de la conocida serie “El Capo 2”, cuando el capo confronta al hijo del presidente diciéndole que lo mate si su padre (el presidente) ha pasado más tiempo con él que lo que ha pasado con el capo, quien ya llevaba tiempo de tenerlo secuestrado, pero que siempre conversaba con el muchacho y trataba de atenderlo… Y bueno, el joven cae en llanto y no dispara porque sabe que no ha sido así.

Nuestros hijos son y serán reflejo de la educación que les dimos y el tiempo que les dedicamos.

Recordemos que nuestros hijos son un enorme regalo de Dios, invaluable, o como decía un pastor “son prestados”, porque le pertenecen a Dios, Él nos los ha confiado; y aunque la iglesia, empresa, trabajo… son también cosas que nos ha encomendado Dios, nunca van antes que nuestra familia. Nuestros hijos son y serán reflejo de la educación que les dimos y el tiempo que les dedicamos; aceptemos la ayuda de terceros, pero la principal función hagámosla nosotros como padres.

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