Un extracto del libro: La fe de Barack Obama

CAMINAR ENTRE DOS MUNDOS

Extracto

Obama llegó al banco de la Iglesia de la Trinidad Unida, un domingo a las 8:00 a.m. Semanas antes se había reunido con el pastor Jeremiah Wright, aunque el tema del debate había sido la comunidad y la forma en que otras iglesias solían percibir a la de la Trinidad Unidad.  Obama llegó allí con dos propósitos.  Escuchó con respeto a Wright, pero no sin escudriñar tras las palabras del espíritu del hombre, probando las aguas tomando en cuenta un cambio que estaba considerando.  Terminada la reunión, Obama tomo de la oficina de recepción unos folletos acerca de la iglesia antes de salir y luego dejó que pasaran algunas semanas.

Barack Obama

Luchaba con su conciencia, con su cinismo, con su perspectiva intelectual de la fe.  Cuando un amigo le preguntó si le acompañaría a la iglesia, no logró decidirse.

Encogía los hombros y descartaba la pregunta sin poder confesar que ya no podía distinguir entre la fe y la insensatez, entre la fe y la paciencia simple y llana.  Y aunque creía en la sinceridad que oía en sus voces, seguía sintiendo escepticismo dudando de mis propios motivos, sospechando de la conversión por conveniencia,  teniendo demasiadas peleas con Dios como para aceptar una salvación que se consiguiera con tanta facilidad.

Con todo, aun con tantas dudas y preguntas sin respuesta, fue a la iglesia.  Se sentó temprano ese domingo en el banco de Trinity, entregándose a la consoladora misericordia de la iglesia afroamericana.  Sabía que esta iglesia, como muchas otras de su tipo, había ministrado durante años tanto a la comunidad como al individuo, que la salvación individual y la salvación colectiva eran nobles objetivos del evangelio negro.  La idea le gustaba.  Y también le hacía sentir bien la idea de que la iglesia negra “la línea entre el pecador y el salvo es más fluida“, que “uno necesita aceptar a Cristo justamente porque tiene pecados que lavar“, y no porque uno entra siendo perfecto, como impoluto regalo de Dios.  Era esto lo que necesitaba saber, sentado allí, sintiendo duda y conflicto.

Ese día el sermón era sobre un tema que viviría luego en su alma y también en su política.  Trataba sobre “La Audacia de la Esperanza“.  Transmitido por la diestra retorica de Jeremiah Wright, la lección era como una sinfonía de predicación afroamericana.  El contundente contenido bíblico se presentaba contrastando con el comentario social, todo esto para aplicarse al sufrimiento y prometidas victorias de cada una de las vidas individuales de la congregación.  De alguna manera, a partir de la débil esperanza de Ana, madre del profeta Samuel, el reverendo Wright lograba llevarlos a reflexionar sobre las injusticias de Sharpsville e Hiroshima sobre la necedad del gobierno federal y estatal de Estados Unidos, sobre el duro corazón de la clase media.  A pesar de la amplitud de las referencias, o tal vez justamente a causa de ello un rayo láser de esperanza penetró en el alma de Barack.  Al final del sermón, el joven tenía los ojos llenos de lágrimas.

Fue un comienzo.  El proceso que se inició entonces llevó meses y no podía acelerarse.  Y cuando llego el momento del cambio, no hubo ángeles ni relámpagos.  Al contarlo no suena como las famosas conversiones de la historia con grandes transformaciones morales y dramáticos encuentros con Dios.  No.  Fue una decisión de entrar en la fe, uniéndose a un pueblo de fe, de regresar a una comunidad sintiéndose como en casa, de sentirse como en casa con Dios.  De hecho como ha explicado ya Obama:  “Sucedió como elección y no como epifanía.  Las preguntas que tenía no desaparecieron por arte de magia.  Pero al arrodillarme bajo esa cruz en el lado sur de Chicago sentí que el Espíritu de Dios me llamaba.  Me sometí a su voluntad y me dediqué al descubrimiento de su verdad“.

Tomado del Libro: La Fe de Barack Obama. De Stephen Mansfield. Editorial Grupo Nelson

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