Seamos anfitriones de Dios

No pudimos evitar la conversación sobre los lujos y sobre algunas excentricidades comunes, de los señores a quienes ellos sirven.

Hace algún tiempo visitamos East Hampton, en Long Island, Nueva York. A menos de 2 horas de la Gran Manzana neoyorquina, se encuentra un paraíso de playas, faros y pueblos pintorescos, que sirven de marco a las mansiones de verano de algunas de las personas más ricas de ese país.

Por: Danilo Montero

Buena parte de los asistentes, a la iglesia Vida Abudante, son mayordomos y ama de llaves en aquellas casas. No pudimos evitar la conversación sobre los lujos y sobre algunas excentricidades comunes, de los señores a quienes ellos sirven.  Me llamó profundamente la atención, que la tarea común de cada uno de estos amigos, es la de hacer sentir en casa a los dueños; al tenerles al día la limpieza, alacena, jardínes y demás detalles de esos retiros veraniegos.  Y aunque sus jefes son los dueños de tales lugares, ellos deben hacerles sentir como visitas especiales, al atenderles con todos los detalles y gustos que requieren.

Esto me hizo reflexionar sobre Abraham, y como en una ocasión fue visitado por Dios y dos personajes más, según Génesis 18:1-4.  Luego de correr a recibirlos, se inclinó y les rogó aceptar su hospitalidad.  Abraham entonces les dió de comer, lavó sus pies, les dió de beber y les permitió descansar debajo de un árbol.

¡Eso es como ser anfitrión del dueño de la casa! Al hacerlo, nuestro Padre nos recuerda un principio espiritual importantísimo, y es el de que, cada creyente es casa del Espíritu de Dios.  Sin embargo, es necesario que aprendamos a tener una actitud diaria de “anfitrión” ante Dios.

¿Cómo logramos eso? Viviendo en una actitud de respeto amoroso ante el misterio de Dios viviendo en nosotros.  Guardando nuestros pensamientos y actitudes, cultivando un corazón agradecido y un ambiente de alabanza en el alma. De esa manera nunca caeremos en esa actitud errónea de “acostumbrarnos”, al misterio de Dios.

¿Qué quiero decir con esto? Por ejemplo, he notado la especialidad con que algunas personas nos reciben la primera vez que visitamos un país.  Pero al pasar del tiempo, la amistad crea un ambiente de confianza, en donde se piensa que ya no es necesario guardar los detalles.  Existe el dicho que cita así: “la confianza rompe el saco”.  Se refiere al peligro de la “familiaridad”, esa confianza excesiva que hace que perdamos la perspectiva correcta en una relación.  Hay padres que quieren ser los “cuates” de sus hijos, pero al hacerlo dañan la relación.  Para que un padre pueda formar a un hijo, necesita darle la confianza de un amigo, pero también necesita mantener un lugar de autoridad que le permita dirigir, corregir, inspirar. Lo mismo aplica a nuestra relación con Dios.

Una última reflexión: Una vez que Abraham sirvió a Dios, sucedió algo insólito.  El Señor preguntó por Sara y seguido le dijo: Lo que has esperado por 25 años, se cumplirá este año, así fue como Isaac vino al mundo.

Honra la presencia de Dios y su favor te va a rodear siempre.  Respétalo y Él va a colmarte con los beneficios de su presencia.

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