La prioridad de la oración

Dios ha tomado la decisión estratégica de establecer  y utilizar la oración como parte de Su plan soberano para nosotros. Es como el oxigeno para nuestra vida espiritual. Nos proporciona el viento que necesitamos en nuestras velas para impulsar todo lo que hacemos como creyentes, y es como la llave invisible para el éxito de todo ministerio de la iglesia. 

Permite que los hijos de Dios interactúen con el Padre celestial como hijos amados con su padre terrenal (Mat. 7:9-11). La oración alinea al cuerpo de Cristo con su Cabeza. Es la clave para la intimidad entre la esposa de Cristo y su Esposo. Es la fragilidad humana unida en comunión con la perfección divina. La oración es simplemente algo demasiado maravilloso y valioso como para no practicarla. Es sumamente importante para Dios y debería serlo también para nosotros. 

Sin embargo, no siempre es fácil orar. Puede parecernos ilógico hacer una pausa cuando tenemos tanto por hacer,  intentar concentrar nuestros pensamientos en medio de un millón de distracciones, decir no a nuestro egoísmo y autosuficiencia, y humillarnos ante el Dios Altísimo a quien no podemos controlar ni percibir con nuestros sentidos físicos. Parece más fácil intentar arreglar las cosas por nuestra cuenta que detenernos y orar por ellas. Entonces, solemos posponer la oración y reservarla como un paracaídas de emergencia durante tiempos de crisis.   

No obstante, acercarnos a un Dios santo y soberano en oración es algo que deberíamos valorar y no dar por sentado jamás. Necesitamos desesperadamente a Dios. Él creó el universo de la nada por el poder de Su palabra. Nosotros, por otro lado, jamás creamos nada. Dios es perfecto y tiene autoridad sobre el cielo y la tierra, mientras que nosotros tropezamos de muchas maneras (Luc. 9:23; Sant. 3:2). Dios no depende de nada, mientras que nosotros dependemos completamente de Él cada segundo del día (Juan  15:4-5). Conoce cada detalle de lo que sucede en cualquier lugar y cualquier momento (Sal. 139:1-18), mientras que nosotros no sabemos lo que sucederá mañana y ya nos estamos olvidando de lo que hicimos ayer.  

Por eso, la oración tendría que ser una prioridad en el orden del día (1 Tim. 2:1-8).

Jesús priorizaba la oración por encima de todo lo demás. Los discípulos lo veían orar continuamente en secreto y caminar con poder espiritual en público. Es probable que por eso hayan resumido sus miles de preguntas sobre capacitación con estas palabras: «Señor, enséñame a orar» (Luc. 11:1). Además, Jesús priorizaba la oración sobre todas las demás cosas en la iglesia. Cuando echó a los cambistas del templo, proclamó: «¿No está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones» (Mar. 11:17). Con un solo movimiento sorprendente y violento, destiló el propósito de la casa de Dios a una prioridad central: los creyentes se juntan a orar.  No dijo: «Mi casa será llamada casa de sermones» ni «casa de alabanza» ni «casa de evangelización» ni «casa de  comunión».  Aunque estas cosas son invalorables y, sin duda, tiene su lugar, priorizar la oración significa priorizar a Dios mismo. Implica priorizar la actividad de Dios por encima de la actividad del hombre. Como Jesús bien sabía, la oración no mantiene el primer lugar, todo lo demás que consume el tiempo y la energía de la iglesia será escaso en poder y en la bendición de la fragancia de la presencia de Dios. 

Sin embargo, demasiadas veces empezamos la casa por el tejado, transformando la oración en un complemento. Un pensamiento de último momento. Una función agregada a lo que ya estábamos haciendo, y colocamos nuestra propia obra antes de la de Dios. Esto nos lleva a transformarnos en iglesias muertas, con una alabanza apagada, sermones bien preparados pero sin poder, presentamos a miembros tibios y distraídos que viven en una derrota pecaminosa y comparten una comunión superficial unos con otros. Tristemente, este es el estado de gran parte de la iglesia. No es que tengamos malas intenciones. Queremos hacer las cosas bien. Nos esforzamos. Hacemos lo mejor que podemos. Pero eso es parte del problema. Dios nunca quiso que viviéramos la vida cristiana o hiciéramos Su obra en la tierra con nuestra propia sabiduría o fortaleza. Su plan siempre fue que confiáramos  en el Espíritu Santo  y viviéramos  en obediencia  y oración. 

Si presionamos el botón de pausa, nos arrepintiéramos y colocáramos la oración en un lugar prioritario, esto encendería e impactaría todo lo demás. Todos adoraríamos mejor y nos comportaríamos mucho mejor si primero nos humilláramos, confesáramos nuestros pecados y le pidiéramos al Espíritu de Dios que nos llenara, sometiéndonos a Él en oración.


Extracto del libro: El plan de batalla para la oración.
Autor (es): Stephen Kendrick y Alex Kendrick.
Editorial: B&H

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