La importancia de la disciplina en la iglesia

Históricamente, la disciplina ha servido como un proceso tanto formativo como correctivo mediante el cual el creyente es guiado por sus hermanos en la fe.

A nivel formativo, los dos componentes más importantes de la disciplina son la enseñanza bíblica y buenos ejemplos prácticos en la iglesia.

Los nuevos convertidos necesitan ser instruidos en la Palabra y ver vidas piadosas en la congregación local.

En plan correctivo, la disciplina empieza cuando un miembro de la iglesia reprende a otro miembro a solas por un pecado cometido en su presencia.

El acto más severo de la disciplina sería excomulgar a un miembro no arrepentido de la iglesia.

Una ilustración sencilla podría ser un maestro de matemáticas, el cual tiene que enseñar a sus alumnos la lección antes de ponerles un examen y corregir sus errores. Así también funciona la disciplina.

Tristemente, la disciplina eclesial ha desaparecido de la iglesia protestante contemporánea. Pero gracias al Señor, estamos viendo un resurgir de la práctica en algunos círculos.

¿Por qué, pues, resulta la disciplina tan vital para la salud de la iglesia local? Aquí van tres respuestas principales: una razón para arriba, otra para fuera y otra para dentro.

1.- PARA ARRIBA

El primer propósito de la disciplina es defender el honor de Dios y de Cristo. Dios quiere que su pueblo dé un buen testimonio. Romanos 2:24 es un versículo bien triste, “Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros”. Los cristianos que persisten en pecar dan un mal testimonio al mundo y en cierto sentido, tales creyentes sirven para endurecer los corazones de los incrédulos. Los no creyentes pueden justificar su pecado, mofándose de la conducta de los redimidos del Señor. Los incrédulos necesitan entender que hay una línea de separación entre el reino de Dios y el reino de este mundo. Dios quiere que la novia de Cristo sea gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante (Efesios 5:27) para ser un hermoso reflejo de su perfecta santidad. Una iglesia que permite la existencia de pecado impenitente no puede brillar con la luz del Señor. Cuando pasamos de la disciplina, estamos metiéndonos con la mismísima gloria de Dios. ¡Es así de serio! Acordémonos de las advertencias de Apocalipsis 2 y 3.

2.- PARA FUERA

El segundo propósito de la disciplina es proteger al rebaño del Señor. Si toleramos una raíz de amargura en la iglesia, puede llegar a contaminar a muchos (Hebreos 12:15). Una naranja podrida no tardará en corromper las otras naranjas que la rodean. Pregunta Pablo en 1 Corintios 5:6, “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?”   Cristo protege a su iglesia mediante el proceso de disciplina eclesial. / Pixabay. Cuando reprendemos a los que siguen en el pecado impenitentemente, sirve de ejemplo para los demás cristianos. “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman” (1 Timoteo 5:20). El temor santo, pues, forma parte de la santificación cristiana. Podemos pensar en el ejemplo de Pablo cuando reprendió a Pedro públicamente por su hipocresía en comer con los creyentes judíos y no con los hermanos gentiles (Gálatas 2:11). Pedro fue reprendido y toda la iglesia tomó nota. Pablo acabó con la corrupción del pescador.

3.- PARA DENTRO

El tercer propósito de la disciplina es la restauración del pecador, o, en términos de Calvino, “Suscitar el arrepentimiento de los pecadores”.1

En palabras del francés, “Es conveniente […] que su maldad sea condenada, a fin de que, advertidos por la vara de la iglesia, reconozcan sus faltas, en los cuales permanecen y se endurecen cuando se les trata dulcemente”.2

La meta de la disciplina es ganar al hermano (Mateo 18:15), restaurar al pecador (Gálatas 6:1), salvar su espíritu en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5).

Si hace falta que el ofensor pase por vergüenza con el fin de que se arrepienta, ¡así sea! “Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo y no os juntéis con él, para que se avergüence. Mas no lo tengáis por enemigo sino amonestadle como a hermano” (2 Tesalonicenses 3:14-15).

Si el ofensor es una oveja del Señor, el Señor empleará la vergüenza para llevarle de nuevo al redil. De manera bastante contracultural y contrapostmoderna, el Nuevo Testamento reconoce la necesidad de temor y vergüenza en la disciplina del ofensor.

Ahora bien, hay que entender que detrás de este proceso de disciplina hay un espíritu tierno y amoroso que procura el bienestar eterno de la persona así corregida.

El fin es la restauración completa del pecador. La vara cristiana es una vara de amor.

Conclusión

Haríamos bien en avivar la práctica olvidada de la disciplina eclesial. Da igual si no es popular. Lo que importa es que es bíblico. Jesús instituyó la disciplina eclesial y Él sabe edificar a su iglesia mejor que nosotros.


Por: Will Graham

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