3 × seis =



+ dos = 5


Una relación sana, humilde y bíblica con cada miembro de la iglesia es la mejor prevención contra las tentaciones del abuso de poder, de la idolatría y de entrar en conflictos de interés que arriesguen la reputación de una iglesia.

La coyuntura actual de Guatemala, especialmente después del famoso abril de 2015, ha sacado a la luz varios casos de relativo alto perfil en donde se ve lo complejo y desafiante que es para las iglesias administrar su relación con miembros de la congregación que ocupan cargos públicos, especialmente cargos de alto perfil y/o visibilidad.

Por: Juan Francisco Callejas Aquino

Existe la tentación, natural en todo ser humano y organización conformada por seres humanos, de dejarnos seducir por el poder, especialmente el poder político o que genera “influencia” sobre otros.  En sociedades presidencialistas o casi estatistas como la nuestra, se idolatra casi todo lo que tiene que ver con el gobierno.  No es de extrañarnos entonces que esto genere problemas en mantener relaciones sanas con miembros de la iglesia que luego de una elección y casi de la noche a la mañana, pasan de ser “simples mortales” a líderes poderosos e influyentes.

La tentación de incorporar a estas personas al “círculo íntimo” del pastor, cederles espacio en el púlpito e incluso, participar en la toma de decisiones que impactan a todos los miembros de la congregación, es sumamente fuerte.  También existe la fuerte tentación de usar la influencia y/o “autoridad espiritual” sobre estos miembros para obtener privilegios, favores o concesiones especiales para “avanzar el ministerio”.

Ante estas tentaciones, ¿cómo debe una iglesia y su equipo de liderazgo proceder a manejar la relación con miembros que ahora ostentan importantes cargos públicos?

El camino es a través de la sana doctrina, la prudencia y el sentido común:

  1. El Evangelio bíblico comienza por recordarnos la soberanía de Dios sobre todas las cosas, la historia, las circunstancias y las personas.  Partir desde la soberanía de Dios coloca toda otra esfera de poder –político, económico, eclesiástico, etc- en subordinación a la autoridad de Dios.  Esto nivela la cancha para todos los creyentes.
  2. Adicional a eso, el Evangelio nos recuerda que todos somos pecadores y que ante las tentaciones del poder, todos estamos sujetos a ceder.  Esto debe movernos hacia la humildad y hacia la constante búsqueda de Dios y Su gracia y misericordia para ser guardados de la tentación y para recibir perdón y ser restaurados cuando pecamos.  Ni la posición política ni el privilegio de servir a la Iglesia desde un púlpito nos hace más santos.  Todos necesitamos la gracia de Dios en Jesús.
  3. En la Escritura también vemos la clara distinción que se hace en los roles y funciones de la Iglesia y el poder civil.  Estamos llamados al respeto de ambas esferas, a la cooperación y a la concordia, pero nunca a cooptar ninguna esfera con la otra.
  4. Estamos también llamados a reconocer, dignificar y valorar el llamado y vocación que algunas personas dentro de nuestras congregaciones tienen al servicio público.  El trabajo gubernamental es necesario y cumple funciones importantes que Dios permite sean usadas para el beneficio de miles e incluso millones de personas.  No debemos ni sobredimensionar su importancia, ni verlo siempre con desdén o sospecha.  Nuestros hermanos y hermanas en el servicio público necesitan nuestras oraciones, amistad y apoyo.

Una relación sana, humilde y sobre todo, bíblica con cada miembro de la iglesia es la mejor prevención contra las tentaciones del abuso de poder, de la idolatría y de entrar en conflictos de interés que arriesguen la reputación de una iglesia, sus líderes y sobre todo, que traigan afrenta al nombre del Señor.  No es fácil, pero es necesario.  Nuestras iglesias no pueden ni deben ser cooptadas por intereses políticos para avanzar agendas particulares aprovechándose de la influencia que tienen los pastores y líderes sobre las personas.  Las iglesias tampoco deben ni pueden buscar privilegios especiales de sus miembros en cargos públicos para obtener cualquier tipo de ventaja, privilegio, permiso de construcción, etc., a través del tráfico de influencias que, como ya sabemos todos ahora, es un grave delito.

En gran medida, el rescate de la credibilidad de la Iglesia y sobre todo, la posibilidad de servir, discipular y ministrar bien a los miembros de las congregaciones que han sido colocados por Dios en esas posiciones, depende mucho de las decisiones intencionales que tomemos para definir la manera de administrar estas relaciones para la gloria de Dios y el gozo y beneficio de las personas y sus familias.

Nuestros políticos necesitan a Jesús, necesitan el Evangelio y necesitan iglesias donde congregarse en paz con sus familias.  Nuestras iglesias deben prepararse para ello y servirles bien a ellos y a cada persona que asiste.

Deja tu comentario:

comentarios

No Hay Más Artículos
Welcome to my blog!