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Era el veinte de febrero de 1986, en Marysville, California, donde yo había sido pastor en la pequeña congregación de la Iglesia Bautista Feather River durante cinco años. Mi esposa, Chaundel, acababa de terminar de limpiar nuestra casa para una reunión ministerial de mujeres, por lo que decidí invitarla a Carl’s Jr. y tener una experiencia culinaria de calidad. Mientras cruzábamos el puente hacia la ciudad, notamos que el caudal del río se elevaba hasta la parte superior de los diques. Una cálida lluvia de invierno había azotado las montañas cercanas de Sierra Nevada, derritiendo gran parte de la capa de nieve y aumentando el nivel de los lagos y ríos a su máxima capacidad.

Después de pedir la comida y sentarnos a comer en el restaurante, vimos que la gente se levantaba y salía a toda prisa a preguntar en el mostrador qué estaba sucediendo.

—Se rompió un dique —nos dijeron—, pero no deberían preocuparse porque está al otro lado del río.

Claro que nos preocupamos —dijimos—. Vivimos en ese lado del río.




El agua se precipitó a través del dique roto y destruyó el centro comercial y los negocios que estaban más cerca de la grieta. Luego, inundó todo lo que estaba en su camino mientras se propagaba por toda la ciudad.

Nuestra casa, los edificios de nuestra iglesia y muchos de los hogares de sus miembros quedaron destruidos bajo tres metros de agua en algunos casos. Nunca es bueno ver tu casa en el informe principal del noticiero nocturno de NBC. Lo único que nos quedó a Chaundel y a mí fue la ropa que teníamos puesta y el auto que estábamos conduciendo. ¡Condujimos nuestro Chevy hacia el dique, y este estaba seco!

Es más fácil tener una perspectiva muchos años después, pero aún puedo recordar mis manos temblando con la reacción de la adrenalina a una circunstancia que lo cambió todo de inmediato. Teníamos por delante la labor de reconstruir nuestra casa. Y teníamos la labor más difícil de dirigir una iglesia en la que todas las personas necesitaban reconstruir.

La gente nos preguntó si íbamos a cerrar la iglesia porque el edificio había quedado destruido. ¡Por supuesto que no! La iglesia no es un edificio, es la gente y, afortunadamente, nadie había muerto en esta inundación que destruyó tantas propiedades.

Mientras pensaba en lo que diría para animar a estas personas amadas a medida que comenzaban a reconstruir, mi mente se dirigió a las Escrituras. La Biblia es la carta de amor de Dios para nosotros, y nos muestra cómo enfrentar lo mejor y lo peor de la vida. Recordé un libro en la Biblia que consiste enteramente en recomponer algo: el libro de Nehemías. Nehemías era un líder del gobierno que reconstruyó la muralla de Jerusalén después de que quedara en ruinas.

Mientras leía este libro de nuevo señalando con detalle sus enseñanzas sobre cómo recomponer las cosas, me sorprendí por los principios tan claramente ejemplificados por Nehemías. A medida que estos principios comenzaron a desplegarse, me encontré con Nehemías 2.20, un estímulo para todos los que necesitan reconstruir. En ese versículo, Nehemías dice: «El Dios del cielo nos concederá salir adelante. Nosotros, sus siervos, vamos a comenzar la reconstrucción». Este versículo se convirtió en nuestro tema para los próximos años.

Si vamos a recomponer algo, necesitamos saber cómo encajar las piezas. Si vamos a reconstruir, debemos tener el plan adecuado, así como necesitamos planos para construir en primer lugar. Me percaté de que el libro de Nehemías está lleno de principios acerca de cómo recomponer las cosas de una manera que funcione, y de cómo reconstruir de una manera que dure.

A medida que he enseñado estos principios de reconstrucción en los años posteriores, he visto a personas en una gran variedad de circunstancias encontrar ayuda. No tienes que sufrir un desastre natural para tener necesidad de reconstruir. Para ti, recomponer algo puede significar comenzar de nuevo en una carrera o en una relación. También podría implicar la necesidad de recuperarte financieramente, terminar un proyecto que se está prolongando, restaurar la confianza, renovar la visión, o enfrentar alguna tarea desagradable.

Es muy probable que este tipo de cambio te parezca imposible en este instante. Las cosas ya son muy desagradables para que haya una esperanza de restauración. ¡Veremos que Nehemías tuvo que eliminar un montón de escombros antes de poder empezar a reconstruir la muralla! Para aprender de su ejemplo, recorreremos un proceso que muestra cómo conocer las posibilidades a partir de los escombros.

¿Cómo reconstruir lo que está en ruinas? He hablado con muchas personas que se han enfrentado a circunstancias muy difíciles, y he visto que el drenaje de energía emocional derivado de las labores de reconstrucción a menudo las ha llevado a un lugar de apatía. Ellas saben que deberían preocuparse por empezar de nuevo, pero simplemente no pueden encontrar fuerzas en su interior.

Lo que Nehemías nos enseña acerca de recomponer algo, te ayudará a ver por dónde empezar, incluso cuando no puedas encontrar fuerzas para comenzar. Si tuvieras la energía, ¡ya habrías empezado! Dios entiende eso, y él comenzará contigo allí donde estés.

Tomado del libro: Cómo juntas las piezas cuando todo se ha deshecho
Autor: Tom Holladay

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