Indiscutiblemente hay que trabajar primero

Esa fue una declaración del apóstol Pablo a su hijo espiritual, Timoteo, cuando este último pastoreaba la iglesia del Señor en la ciudad de Éfeso. La referencia directa es al labrador de la tierra, y de la cosecha que se espera, Pablo dice: el labrador para participar de los frutos debe trabajar primero (2 Ti 2:6). El propósito de la exhortación era que el joven ministro se esforzara en la gracia que es en Cristo Jesús. El evangelio de la gracia de Jesucristo ahora era el centro de trabajo de Timoteo, y Pablo sabía que servir a Cristo conlleva un severo desgaste, no solamente en lo físico; en realidad, el ministerio muchas veces erosiona el ánimo de quien lo ejerce. Muchos siervos del Señor que leen este Boletín cada semana, hacen la obra del Señor en lugares muy difíciles del mundo. Muchos predican en sitios geográficamente dificultosos y, otros, bajo circunstancias espiritualmente muy adversas. En ocasiones hay una combinación de las dos cosas. Timoteo no era la excepción. La ciudad de Éfeso donde él ministraba, se consideraba guardiana del templo de la gran diosa Diana (Hch 19:35), centro de todo tipo de prácticas inmorales y de una forma de culto absolutamente ajena al evangelio de Cristo.  Por tanto, la presión en contra del evangelio era terrible y el siervo del Señor necesitaba un temple de carácter singular y un tipo de ánimo especial para prevalecer allí. Ese fue el consejo del perito apóstol: Esfuérzate…

Para ilustrar mejor su mensaje, el apóstol usa tres figuras bien conocidas en la cultura griega: la de un soldado, la de un atleta y la de un labrador. Del primero recuerda que ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Del segundo hace ver que el que lucha como atleta no es coronado si no lucha legítimamente. Y del labrador Pablo muestra que para participar de los frutos debe trabajar primero (2 Ti 2:4-6).

Si juntamos estos tres ejemplos, entendemos que:

Primero, el obrero cristiano está llamado a ser alguien totalmente consagrado a la voluntad del que lo llamó. Además, en este ejemplo se da por sentado que la obra del Señor se hace siempre a manera de una batalla contra el Maligno. Si el siervo del Señor deja de pelear su batalla, el enemigo avanza.

Segundo, Pablo hace claro a Timoteo que el ministerio es una lucha en la cual, si salimos ganadores, nos espera una corona. Y ahí mismo se enfatiza la verdad que no es una lucha cualquiera, pues hay que luchar legítimamente. Hay que seguir las reglas indicadas por el árbitro o, se es descalificado al final. Especialmente hoy es notorio que mucha gente intenta servir a Dios bajo sus propias reglas. Mas, en medio de tanta oscuridad, nos será útil mirar al faro de luz, las sagradas Escrituras, y escuchar decir que las reglas de la competencia tienen que seguirse legítimamente. Cristo trazó las directrices y sus apóstoles del Nuevo Testamento tuvieron la responsabilidad de escribirlas a manera de doctrinas a las iglesias. Nos será de provecho eterno mirar detenidamente en el Libro y hacer caso reverente a sus postulados. La corona del atleta depende de su legitimidad mientras batalla por el triunfo.

Finalmente, el Espíritu Santo nos recuerda que el ministerio es una labranza y que los que servimos a Cristo somos labradores. Cuando Dios reciba el fruto de nuestro trabajo, sus siervos van a participar también de sus frutos, se van a gozar: volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal 126:6). Como labradores, tenemos la semilla más sana y poderosa, la Palabra de la cruz, las buenas nuevas de salvación en Cristo (1 Co 1:17,18). La tierra a labrar es el corazón de los hombres, sitio que Dios ama tanto, que lo pide para sí: Dame, hijo mío, tu corazón y miren tus ojos por mis caminos (Prov 23:26). Pero desde que plantamos la semilla hasta que se ve el fruto maduro, hay un período de trabajo duro y paciente. Pablo aprovecha estos ejemplos impregnados de verdad, para animar a Timoteo a ser esforzado si quiere ver resultados positivos y abundantes. Esto dice que servir al Señor no tiene ninguna relación con holgazanería, pérdidas de tiempo, entretenimientos carnales y otras muchas distracciones que son propias de aquellos que no están haciendo nada por la causa de Jesús. ¡Hay que trabajar! Pablo mismo les dijo a los corintios: He trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co 15:10). Al escribir estas palabras, viene a mi memoria lo que llegó a ser el lema de vida del gran predicador Dwight L. Moody: el mundo está aún por ver lo que Dios puede hacer por medio de un hombre enteramente consagrado. Ese fue el pensamiento también de William Carey expresado en esta frase: emprended grandes cosas para Dios y recibiréis grandes cosas de parte de Dios.

Amados, el reino de Dios necesita hombres esforzados, que sepan tornar la adversidad como un buen pretexto para acercarse más al Dios omnipotente. Nunca el mundo ha estado saturado de hombres y mujeres de tallas grandes en cuanto a un servicio abnegado por la causa del Nazareno. Jamás han estado de sobras los ministros que pueden decir con Pablo: … en trabajo y fatiga, en muchos ayunos, en hambre y sed… (2 Co 11:27). No es verdad que la tierra ha tenido suficiente de aquellos que han dicho tener todo por basura, con tal de ganar a Cristo (Fil 3:8). Por el contrario, hay un reclamo en el cielo cuyo eco parece llegar hasta nosotros y, como cuestionando nuestra pasividad, el dueño de la viña nos dice otra vez: ¿A quien enviaré y quién irá por nosotros? (Isa 6:8). Se dice que el que respondió, heme aquí, envíame a mí, fue aserrado después de acabar su carrera profética. Y atravesando ese rio profundo de una muerte tal, recibió su corona, no sin antes dejar escrito el libro más extenso de la Biblia en cuanto a profecías sobre el Mesías, como siervo y como rey. Ese fue el profeta Isaías. El llamado a servir a Cristo es un llamado directo al riesgo personal, donde no se asegura para nada la aceptación popular (Mt 10:22), ni se hacen promesas que aseguren esplendor y fama. Es un llamado al sacrificio, al desvelo, a veces, al dolor. Pero el fruto vendrá en consecuencia a ese duro hacer, en ese trabajo en el cual se depende absolutamente de la gracia de Dios. De seguro el dolor será opacado cuando los frutos maduros produzcan tal gozo que reemplace la dura realidad de haber sembrado con lágrimas.

Quiero terminar con las mismas palabras que lo hizo Pablo a Timoteo: Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo (2 Ti 2:7).

Con vosotros en el campo del Señor…


Por: Ps. Eliseo Rodríguez, es el Pastor Principal  de la Iglesia Evangélica Monte de Sion en la ciudad de Miami

 

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