9 − = ocho



nueve − = 7


Es tiempo de clamar porque el Espíritu Santo nos convenza de pecado, nos guíe al arrepentimiento y la verdad, nos consuele y recuerde que la garantía de nuestra salvación está en Él y no en la perfección moral de nuestros líderes.

Para la gran mayoría de guatemaltecos, no es ningún secreto que la iglesia evangélica está atravesando una de sus peores crisis de liderazgo y credibilidad. Los casos que se han vuelto materia de opinión pública que involucran a líderes de alto perfil dentro de la comunidad evangélica en Guatemala generan dudas, sospechas y sin duda, han sido la gota que ha derramado el vaso para personas que hoy han abandonado sus iglesias.

Por Juan Callejas

Es difícil ponderar esto contra lo que tuve la oportunidad de vivir en el funeral del Dr. Virgilio Zapata. Ese día no solo fue de despedir a un venerable anciano, sino también de reflexionar al ver la cantidad de cabezas canadas de hombres y mujeres que sufrieron de maneras inimaginables aquí en Guatemala para entregarnos la libertad que hoy como evangélicos podemos disfrutar en Guatemala, libertad que ha sido bien aprovechada por muchos y despilfarrada por otros tantos.

No es un tiempo para regodearse y señalar a quienes presuntamente han caído. Lo cierto es que todos nosotros hemos caído. Que los pecados –o presuntos pecados- de unos sean más públicos que los nuestros no debe ser causa de gozo, burla o señalamiento. Es un momento de autocrítica, de reflexión, de arrepentimiento y de doblar rodillas.

Como cristianos, confiamos en la suficiencia de la Palabra de Dios. Un tercio del libro de Salmos —el libro de oración por excelencia— son salmos de lamento, de lágrimas, de rendirse en impotencia ante Dios confiando en Su rescate, perdón y misericordia. Es tiempo de clamar porque el Espíritu Santo nos convenza de pecado, nos guíe al arrepentimiento y la verdad, nos consuele y recuerde que la garantía de nuestra salvación está en Él y no en la perfección moral de nuestros líderes.

Si somos honestos, es muy probable que muchos de nosotros hayamos pecado de maneras más deplorables que lo que se le acusa a estas personas hoy. Tito nos recuerda que nuestro respeto a las autoridades no nace de un acto de perfección moral de cada uno de nosotros, sino de recordar justamente nuestra imperfección, nuestro pecado y a la vez, la esperanza certera que tenemos en la salvación que nos ha sido provista por Jesús. Debemos atrevernos a caminar en ese nivel de humildad y vulnerabilidad. Debemos aprender a perdonar por el perdón que hemos recibido, y al mismo tiempo, a construir un nuevo liderazgo dentro de la iglesia que busque la reforma que tanto necesitamos, una reforma que se centre, gire y nos impulse hacia el frente de acuerdo a la Palabra de Dios.

En donde el liderazgo hoy es cuestionado a todo nivel, es el papel de cada uno de nosotros reconstruir lo que ha sido destruido. En donde ante la opinión pública se nos invita a desconfiar y despreciar a los caídos, estamos llamados al radical acto del perdón y a la vez, de la restitución de la confianza perdida a través del valiente y esperanzador acto de la confesión y de asumir la responsabilidad en aquellos casos en donde se demuestre culpabilidad.

La iglesia se sostiene por el poder de la Palabra de Dios. Somos una institución conformada por seres humanos, pero sostenida sobrenaturalmente por Dios. Esa ha sido, es y seguirá siendo nuestra historia a través de los años hasta el día en que Jesús regrese y nos cambie las vestiduras en cumplimiento con su promesa de hacernos una Novia blanca, pura y sin mancha.

El llamado para los líderes de las distintas congregaciones es el mismo que el llamado para cada uno de nosotros y cada persona que aún no cree: ¡arrepiéntanse y crean en el Evangelio! No hay lugar más seguro que la Cruz a dónde llevar nuestra culpabilidad y tampoco hay mejor lugar en donde reconstruir nuestra esperanza. Hoy la caña está cascada. Hoy el pábilo está humeante. Hoy podemos confiar fielmente en la promesa de Jesús….que a pesar de nuestra condición, Él no nos dejará así.

Es hora de creer el Evangelio y atrevernos a vivir en respuesta al mismo. Es hora de ser evangélicos.

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