«Herederos» (del nuevo libro de Cash Luna)

Cuando mi prima Yuri Cristina murió en un accidente automovilístico, su hija, Andreíta, quedó bajo la custodia de su abuelita, mi tía Yuri. Por supuesto, el trágico suceso fue traumático para la pequeña niña, quien años después tuvo que enfrentar el dolor de perder a su segunda madre. Curiosamente, mi esposa se había visto embarazada en sueños. ¿Tendríamos otra hija?




Nuestra relación con ella siempre fue cercana, así que cuando nuestros hijos, Cashito, Juan Diego y Anita pidieron: «¡Que Andreíta viva con nosotros!» No lo pensa- mos dos veces.

Dios tenía todo planeado. Cashito se casaba así que teníamos una habitación disponible y todo el amor del mundo para darle la bienvenida. De esta forma inició un proceso de adaptación que involucró a toda la familia, desde acomodar los horarios hasta aprender los lenguajes del amor a los que ella era receptiva. Para nosotros, fue una hija desde que llegó a casa. Y ella se fue acomodando poco a poco al nuevo ambiente. Nuestro mayor deseo era que se sintiera parte de una familia que la amaba y aceptaba. Orábamos porque llegara el día cuando nos pidiera ser o cialmente una Luna. El día llegó, pero esa historia te la compartiré luego.

Andreíta se convirtió en nuestra hija porque la amamos y así lo decidimos. De la misma forma, Dios planeó nuestra adopción por medio de Su Hijo como un maravilloso acto de amor. ¿Acaso no es la revelación más increíble? La Escritura lo asegura, somos hijos de Dios, herederos de Su reino y coherederos con Jesús. (13) Sabemos que el Espíritu Santo engendró a Jesús en el vientre de María (14) y Dios nos ha adoptado, nos ha dado esa potestad, es decir, que ha rmado ese documento que nos otorga el poder para sentirnos orgullosos de nuestra identidad. (15) He escuchado que entre hermanos, a veces, bromean diciendo: «Eres adoptado», como queriendo incomodar o hacer sentir mal al otro, pero en el sistema del reino de Dios, ser adoptado es un enorme privilegio porque somos escogidos para ser hijos.

Yo crecí sin papá, pero ese vacío se acabó el día que acepté al Señor como mi Padre. En ese tiempo le dije: «No sé qué implica ser obediente a un padre, ni festejarlo o respetarlo, pero ahora Tú eres mi Padre, así que te serviré y amaré con todo mi corazón». Tiempo después, Dios me dijo: «He aceptado tu amor como hijo, me he dejado amar, ahora quiero que te dejes amar por mí. Quiero darte todo lo que un padre da». Entonces, le pedí al Espíritu Santo y todo lo bueno que sabía que deseaba darme. Sé que anhela regalarnos unción y provisión porque nos ama.

Y como herederos, Jesús fue insistente al enseñarnos a pedir todo porque de esa forma demostramos que realmente vivimos por fe. De hecho, al leer la Biblia, vemos que antes de hablar de la obediencia a los mandamientos, habla de pedir para recibir. (16) El gozo del Señor está en que recibas. Recuerda que eres tú quien necesita de Él. Acercarte a Su presencia sin pedirle es como decir que no lo necesitas.

Él es glori cado cuando pides, recibes y das testimonio de ello, (17) quiere darte para que des testimonio de Su amor. Recuerda que por el pecado perdimos todo y fuimos destituidos de la gloria de Dios. Al aceptar a Jesús como Salvador nacemos de nuevo y recuperamos la vida eterna mas no el esplendor. Logramos recuperar la herencia de gloria con la que fuimos creados hasta que la pedimos. Jesús no asumió que al resucitar recuperaría Su gloria, por el contrario, explícitamente la pidió de vuelta: «Glorifícame con aquella gloria que tenía antes». (18) Contrario a lo que hemos aprendido, pedir no es de personas carnales o de inmaduros, sino de hijos con ados en el amor y cuidado de su padre.

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