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Nuestro entorno está urgido de una educación que genere alternativas para mejorar la nueva generación, no tanto para exhibir sus logros, sino para tener la capacidad y fortaleza de cambiar su medio en una realidad de convivencia más armoniosa.

Por: Samuel Berberian

Cuando hablamos de Educación Cristiana, entendemos que es la que ha sido desarrollada dentro de los parámetros que la Biblia enseña a través de los diferentes relatos y en todos los modelos que describe, logrando a través de su contexto de comunidad y familia, una modalidad de contrucción; es decir, que el educado obedece cada paso para poder obtener el resultado que se ha planificado.

Estamos en una sociedad en la que creemos tener toda la libertad para hacer las cosas como queramos, por el simple hecho de que se nos informa y usamos la información como una modalidad selectiva. La Biblia es mayormente normativa y no simplemente una opinión, lo cual asegura que en el resto de la vida el instruido cumplirá con lo que se le estará requiriendo o se le demandará.

Otro factor que debemos tener presente es que la educación genera cambios, y cuando esta es cristiana, los cambios están orientados a la transformación sobre modelos de dignficación. Cuando esto se logra, el primer resultado se refleja en la mejora de la autoestima del educando, ya que, la simple capacidad de lograr tener mejor claridad para ver un panorama positivo por encima del medio que lo rodea, puede proyectarse creativamente, entendiendo que lo sobrenatural primero nos asiste a nosotros, para que luego podamos afectar al medio en el que nos desempeñamos. El relato de pasajes bíblicos que ilustran esta verdad, nos invitan a usar la misma modalidad para con los demás, con la asistencia del Altísimo, quien sigue y seguirá siendo el mismo.

Nuestro entorno está urgido de una educación que genere alternativas para mejorar la nueva generación, no tanto para exhibir sus logros, sino para tener la capacidad y fortaleza de cambiar su medio en una realidad de convivencia más armoniosa. Cubrimos facilmente esta necesidad, si valoramos lo que la educación cristiana tiene para dar.




Los que hemos aceptado los principios bíblicos y valores de la herencia cristiana, podemos hacer planteamientos que si bien, no son populares, están aprobados para ser instrumentos de reformas que auguran un bien a largo plazo, como dijese el predicador bíblico “Esto es para nosotros y para nuestros hijos también”. El principio debe ser, que una vez sembrado el contenido de la educación cristiana, la próxima generación debe aceptarla, conservarla y transmitirla a la siguiente generación.

Basta con revisar un centenario de historia de Guatemala y lo que la educación cristiana ha podido sembrar, y si su respectivo fruto es lo suficientemente persuasivo para regresar a ello y retomarla.

La realidad historica que vivimos, manifestada en reclamos para que las cosas no sigan igual, y el despertar a la reponsabilidad de exigir cambios en nuestro medio, se está expresando en diferentes medios y modalidades. También requiere que aquellos que están sentados en los salones de cualquier clase cursando el nivel que sea (sea este del más elemental, al más superior) maneje principios y valores cristianos, no simplemente como un slogan, sino que se manifieste en el modo de ser y hacer del educador y educando, para que nuestra sociedad a largo plazo inicie a respirar cambios que tengan la aprobación de Dios, llevando así un modo de vida correctamente formado para una vida útil y productiva.

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”  Proverbios 22:6

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