1 + = ocho



× cinco = 10


Lo que hacemos o dejamos de hacer afecta a todos, y es por eso que necesitamos reconocer el valor de vivir en comunidad.

Como cristianos vivimos en un lugar que no pareciera –al menos por ahora- ser nuestra casa. Vivimos en la tensión de una realidad futura mucho mejor en medio de un presente que estamos llamados a transformar. ¿Por qué? ¿Para qué?

 Por: Juan Callejas.

Descarto la idea de la casualidad. En medio del caos, hay una idea.  En medio de la tormenta de nieve, la perfecta simetría de cada copo de nieve nos invita a considerar la posibilidad de que hay Alguien detrás de todo, y que hay una idea…un sueño, un propósito por el cual estamos aquí y ahora.

¿Cómo enfrentar esa aparente contradicción entre la esperanza que tenemos como cristianos y la realidad que vivimos? Cuando todo alrededor nos apunta al desastre, ¿cómo comunicar al mundo la esperanza en la Eternidad que Dios nos ha prometido?

El profeta Jeremías manejó una tensión similar. El pueblo de Israel quería escapar del cautiverio en Babilonia, pero Dios tenía otros planes para ellos (Jeremías 29:1-14). Dios los llamó a amar a Babilonia. En Jeremías 29:7 leemos: “Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad.”

Para un pueblo que lo único que buscaba era escapar, ¿qué implicaciones tuvo esta instrucción de Dios? Para una Iglesia que se retrae del mundo o quiere escapar a través de falsos “evangelios” de prosperidad, ¿qué implica un pasaje como este en nuestra relación con el mundo?




Buscar el bienestar del mundo implica un compromiso más profundo con la sociedad y cultura en la que vivimos. Implica relacionarnos con todos en tres niveles: en comunidad, solidaridad y libertad.

Comunidad porque “el amor es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14).  Solos no podemos proveernos de todo lo que necesitamos y queremos. Solos no podemos amar.  Necesitamos los unos de los otros.  Lo que hacemos o dejamos de hacer afecta a todos, y es por eso que necesitamos reconocer el valor de vivir en comunidad.  Empezando por nuestra familia, pasando por el colegio, trabajo, iglesia, vivamos el clamor de Jesús al Padre en Juan 17…de ser uno, como ellos son uno.

Solidaridad porque uno de los más grandes regalos que nos dejó el Señor es la oportunidad de ayudarnos unos a otros.  La promesa de que “los pobres siempre estarán entre nosotros” (Mateo 26:11), lejos de ser una promesa pesimista, es una gran oportunidad de trabajar, crear, desarrollar nuevas ideas, extendernos en generosidad, y ser solidarios con el prójimo.

Libertad, porque solo así podemos vivir virtuosamente. Libertad para elegir amar, siendo responsables por lo que hacemos.  Libertad, definida no como el poder hacer lo que queramos, sino como tener la capacidad de hacer lo que debemos. La libertad que se fundamente en la verdad (Juan 8:32) y no en los arranques del momento.

Comunidad, solidaridad y libertad.  Tres ideas para “buscar la prosperidad de la ciudad”.  No le tengamos miedo al mundo, no nos escondamos de él, participemos de él, y transformémoslo a partir del amor.

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