Algo por lo cual morir

Cuando vivimos en la gracia de Dios, aprendemos a dar, a compartir, a pensar en los demás; de esa manera llegamos a parecernos a nuestro Padre.

Realmente fueron palabas proféticas: “Si un hombre no ha descubierto algo por lo cual morir, no es digno de vivir” las pronunció Martin Luther King en el año 1963, cuando estaba recibiendo amenazas de muerte por su papel en la defensa de los derechos humanos y en contra de la segregación racial en casi todo el mundo en esos momentos. Sin embargo, a él le importaban las amenazas, sólo quería hacer lo que era justo delante de Dios. La verdad, esa frase va mucho más allá de lo que podamos imaginar. No son sólo palabras bonitas para colocar en un cartel en nuestra habitación o en el lugar dónde trabajamos ¡Debería hacernos pensar! ¿A qué estamos dedicando nuestra vida? Puede parecer una pregunta demasiado directa, pero no podemos esconderla, ni mucho menos dejar de responderla. Si no sabemos qué estamos haciendo, nuestra vida no tiene sentido. Si no tenemos una buena razón por la cual luchar, es cómo si fuéramos muertos vivientes.

De eso se trata nuestra misión, de intentar ayudar a otros. Hoy tenemos muchas posibilidades para viajar y podemos llegar a muchos lugares dónde nos necesitan. Podemos compartir lo que tenemos, aunque pensemos que es muy poco; podemos darnos a los demás y abrazar a los que lo necesitan, pero también tenemos la posibilidad de hacerlo con las personas que tenemos a nuestro lado ¡No necesitamos ir muy lejos! Si, es cierto, porque a veces es más fácil ir al otro extremo del universo que cruzar la calle para hablar del Señor y/o ayudar a los que no tienen nada. Nuestra vida tiene que proyectarse a los demás, de las dos maneras: compartiendo con los que tenemos cerca y con los que están lejos. Tenemos que vivir en la “calle”, amando, abrazando, ayudando, encarnando el evangelio. El mundo necesita el amor de Dios. El mundo necesita que nosotros expresemos ese amor. Cuando vivimos en la gracia de Dios, aprendemos a dar, a compartir, a pensar en los demás; de esa manera llegamos a parecernos a nuestro Padre. No se trata de una obligación religiosa, sino que es nuestro corazón que lo ve así: ¡Está escrito en nuestro ADN espiritual!. Dios lo dio todo,  ¡Incluso dio a su propio Hijo! ¡No podemos vivir de otra manera!

Necesitamos recordar que nuestra vida es completamente diferente a lo que todos piensan.. ¡Y muchas veces, a lo que pensamos nosotros también! “Por eso, el más insignificante entre todos vosotros, ese será el más importante” (Lucas 9:48) Intentamos verlo todo tal como Dios lo ve, defendiendo los derechos de todos. Si los que nos llamamos cristianos viviéramos así, el mundo sería completamente diferente.


Por: Jaime Fernandez G.

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